FIESTA EN FAMILIA
En el día de su 85° cumpleaños el Papa celebra la misa en la Capilla Paulina y recibe a una delegación de Baviera. Fiesta de cumpleaños «bávara» para Benedicto XVI, que esta mañana, lunes 16 de abril, lo felicitaron por sus ochenta y cinco años una delegación de autoridades civiles y religiosas, y fieles procedentes de su tierra de origen. Fiesta en familia, por tanto, para una jornada que el Papa quiso iniciar con la misa en la Capilla Paulina, concelebrada por algunos de sus más íntimos colaboradores —entre ellos los cardenales Bertone, secretario de Estado, y Sodano, decano del Colegio cardenalicio, el cual le aseguró, en nombre de todos los purpurados, la cercanía y la gratitud por su «servicio de amor»— y por una representación de cardenales, obispos y prelados alemanes, entre ellos su hermano Georg. Conmovedora e inspirada la reflexión que el Pontífice pronunció, improvisando, durante la homilía. Comenzando con unas palabras de acción de gracias a los dos santos —Bernardita Soubirous y Benito José Labre— cuya memoria litúrgica celebra la Iglesia precisamente el 16 de abril. La primera, explicó, es el signo que indica el agua viva que todo cristiano necesita para purificarse. El segundo, mendicante a través de los santuarios europeos, muestra al hombre lo esencial de la vida: sólo Dios basta para abatir las fronteras que obstaculizan la fraternidad entre los pueblos. Luego pasó a recuerdos personales: comenzando por el de sus padres y de todos los que lo han acompañado durante su vida, ayudándole a percibir la presencia del Señor. Que en la singular coincidencia entre su bautismo y el Sábado santo —dijo— le ha mostrado el vínculo profundo entre nacimiento y renacimiento. Una realidad más fuerte que toda amenaza o adversidad, que el mismo Pontífice confesó que experimenta sobre todo en este momento en que vive el último tamo de su existencia. Consciente de que la bondad de Dios supera todo mal y ayuda a avanzar con seguridad por el camino de la vida. También a la delegación de Baviera, a la que recibió luego en la Sala Clementina, el Papa expresó su agradecimiento. Ante todo por las palabras del ministro presidente Seehofer, que le recordaron los lugares donde creció; pero también por los pensamientos suscitados por la alusión del cardenal Reinhard Marx a la belleza de la fe de una Iglesia a la que nunca ha dejado de sentirse profundamente unido. Una Iglesia cuyo rostro ha vuelto a aflorar en su mente gracias a la presencia de tantos obispos. Del mismo modo, volvieron a la memoria los vínculos de amistad con los exponentes de otras confesiones cristianas y con la comunidad judía. Por último, un pensamiento —tal vez el más íntimo y personal— suscitado por la escucha de las piezas musicales ejecutadas por el grupo folk. En ellas había algo familiar: de hecho, el Papa tocaba con el zither, una especie de pianola de cuerda, la misma melodía: «El Señor te saluda». Una música que acompañó su infancia y que aún hoy es parte de su presente, dijo, como lo será también en su futuro. La alegría de la feLas noticias y las opiniones suelen sucederse en la actualidad tan rápidas y marcadas por la lógica de las agendas informativas, que corremos el riesgo de que, debido a la mayor relevancia de otros eventos, pasen desapercibidos mensajes o sucesos verdaderamente importantes aunque no tan urgentes, perdidos muchas veces en las listas de nuestras cuentas de correo electrónico o en la paginación al uso en los medios de comunicación.
Esto puede haber ocurrido en algunos ambientes con el Mensaje del Papa para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud de 2012, que con el título paulino «¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4, 4), dedica a reflexionar sobre esta gran virtud de la alegría (L'Osservatore Romano, 28-03-2012, pp. 6-7). Es un bello texto, lleno de sentido positivo y estimulante que recuerda aquel otro documento, también maravilloso, sobre el mismo tema ("Gaudete in Domino") del Papa Pablo VI. Esta oportuna reflexión de Benedicto XVI supone una llamada a la superación, por contradictoria y falsa, de la tópica consideración de que las realidades espirituales son aburridas cuando no rodeadas -como las viejas cartas de luto- de una mezcla de seriedad y tristeza, y contribuye a desmontar la falsa imagen de la Iglesia, divulgada de forma interesada por algunos, como algo anacrónico, que sólo condena y dice siempre "no" a toda propuesta humana. El Papa, con el rigor intelectual y a la vez la sencillez expositiva que le caracteriza, analiza en su mensaje, dirigido primordialmente a los jóvenes, las dimensiones humanas y sobrenaturales de la alegría, acompañando su enseñanza de una importante apoyatura bíblica y teológica y de un grande y positivo sentido común. "Nuestro corazón está hecho para la alegría", "Dios es la fuente de la verdadera alegría", "Conservar en el corazón la alegría cristiana", "La alegría del amor", "La alegría de la conversión", "La alegría en las pruebas" y "Testigos de la alegría", son los expresivos títulos de los apartados de este mensaje, en el que Benedicto XVI -gran conocedor de la naturaleza humana, creada y amada por Dios y capaz de Él, así como de los anhelos más profundos de felicidad que cada persona alberga en su corazón-, nos orienta hacia Dios como meta suprema, que en su Hijo Jesucristo nos ha hecho ya partícipes de su amor pleno, y que incorpora en su belleza, bondad y verdad, las ilusiones y gozos nobles de este mundo que lo anticipan. Este mensaje es, además de la reivindicación de una señal irrenunciable de la fe cristiana como es la alegría, un eficaz y oportuno estímulo para superar las dificultades y desesperanzas con las que la crisis actual económica y de valores amenaza a la sociedad, en especial a los más jóvenes, y nos carga de razones para vencer las tentaciones del pesimismo y de los engañosos sucedáneos de la felicidad. Secundando esta invitación del Papa, los cristianos haríamos bien en proclamar aún más la alegría como patrimonio propio, y mostrar que la vivencia de la fe no puede privarnos -antes al contrario- del buen humor y mucho menos del gozo de las realidades humanas nobles, entre las que se encuentran las que el Santo Padre denomina "alegrías sencillas", verdaderos regalos de Dios: "La alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro..., los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos...". El cristiano podrá completar estas alegrías, sublimarlas con la fe en la resurrección de Cristo, a la que somos llamados como suprema felicidad y que en este tiempo Pascual celebramos gozosos, pero nunca puede excluirlas del camino cristiano si quiere ser tal. No se trata de un optimismo ideológico, basado en el éxito en un progreso simplemente terreno que obvia las dificultades -¡la cruz!- en el camino del hombre y que a estas alturas de la historia se ha mostrado inútil y trágico por inhumano en las ideologías que lo ha propugnado, sino de testimoniar, hoy más que nunca en la nueva evangelización, la alegría que nace de la fe y de la gracia y que pone a Dios, cercano siempre, como fundamento, meta y plenitud del ser humano, y que nos auxilia especialmente cuando las posibilidades humanas flaquean. Dios bien nos quiere y felices. |
5 noticias recientes
mas información
Copyright Diocesis de Cordoba 2012
Sitio Diseñado por: WCor




